Te
nombro sin voz
y
el nombre se queda vibrando,
aunque
el miedo tiemble en la garganta.
Nombrándote
te oigo
hablando
con la inmortalidad,
en
ese instante que arde
por
encima del fuego.
Porque
amar no es amarrar,
es
soltar el temblor,
quedarse
cuando la duda quema,
y
aún así, elegir la llama.
Fotografía de Pedro Garcea
