Midiendo
a la sombra de mi sombra,
descubrí
en el eco de la tinta
un
frío vacío que sacude el alma,
sentenciado
por la gota negra
que
riega el jardín de cenizas
con
letras dormidas en la página,
hecha
de cuerpo sin tenerlo
y
atada a la piel del dolor
sobre
jirones toscos de fuego
que
sueñan volar debajo del agua.
Pude
medir su distancia
como
pescador de emociones,
escritas
con puntadas de la noche
en
poemas que la nada guarda,
esculpidos
sobre el vacío
de
una locura que no escucha nadie,
con
el temblor que insulta
en
la lengua que el silencio conoce,
sobre
la espuma que regala palabras.
Permanece,
quieta y sagrada,
donde
nacen los monstruos
de
la noche que nunca se abre,
confinando
esa luz que nunca habla.
Fotografía de Gemma
















