Cae
la niebla en los campos,
el
jardín despierta
con
el canto de los pájaros,
hojas
como lenguas
mojan
las sílabas al día
que
impaciente se molesta.
La
magia del bosque
da
un zarpazo
en
su estuche verde,
con
aromas de flores
rasgando
los bordes
donde
llora la Luna llena.
Las
hojas mustias se inclinan
sobre
la fuente hecha piedra,
donde
un verso mora
anidando
con sus letras
al
amparo de la espesura
que
al seguidor de Dionisio alienta.
El
fauno baila inquieto
haciendo
sonar su flauta
entre
gotas de lluvia,
que
atenúan su lujuria
tras
los rastros de las ninfas
que
dejan las luciérnagas.
La
flama de sus ojos
persigue
rasgando los bordes
del
verderío de la selva,
girando
su cuerpo
y
tocando con su tacto
la
roja piel de sus cortezas.
Retoza
trashumante
bajo
la constelación profética,
entonando
la melodía
de
sensualidad cautivadora
queriendo
abrazar el cielo
que
cubre dulcemente la floresta.
Crepitan
ríos de vino
por
la verde fronda
de
la deidad ebria,
viendo
como el verso de oro
antes
despierto se adormece
donde
su garganta se refresca.
Fotografía de Pedro Garcea